martes, 7 de febrero de 2012

Mensaje de Don Pascual Chávez. SDB. Rector Mayor a los miembros del MJS

“Jóvenes soñadores, hijos de un padre soñador”
Mensaje a los jóvenes del MJS 2012



Mis amadísimos hijos,
jóvenes queridísimos del Movimiento Juvenil Salesiano, os escribo, como padre y amigo, por medio de mi noveno sucesor.
Tengo todavía impreso, en la mente y en el corazón, el encuentro que tuve con vosotros en Madrid el pasado 17 de agosto en el patio del colegio salesiano de Atocha. Una experiencia ciertamente inolvidable desde el punto de vista emotivo pero, sobre todo, significativa desde el punto de vista salesiano. Disfruté viendo vuestro sentido de la responsabilidad, vuestro orgullo de ser jóvenes comprometidos viviendo intensamente la propia vida. Admiré el deseo que tenéis de invertir bien vuestra vida según el proyecto de Dios y el sueño que guardáis en el corazón. Me conmovió el veros rezar acogiendo con alegría la Palabra. Fue un gozo el veros sumergidos en el silencio adorador de Jesús Eucaristía. A la luz de todo esto, vuestra alegría me pareció aún más bonita, más pura, más contagiosa. Me alegró, además, ver en medio de vosotros a tantos jóvenes animadores, a muchos salesianos e Hijas de María Auxiliadora. Entre ellos, varios Inspectores, delegados y delegadas de pastoral juvenil. ¡Ese es su sitio! Presentes y atentos a vuestra vida, a vuestros anhelos y, al mismo tiempo, acompañantes fieles de vuestro crecimiento y de vuestro camino espiritual.
Ahora me siento feliz al saber que me estáis preparando una gran fiesta para el 2015. Aquí arriba, en el cielo, mirando el rostro de Jesús conocemos toda la historia que se desarrolla en la tierra. Es una historia muy bonita porque ya ha sido redimida, aunque a veces percibáis solo los rasgos más dramáticos de ella. Aunque cueste creerlo, no hay distancia entre nosotros y vosotros porque, lo sabéis bien, desde el momento en que Jesús entró en la historia con su nacimiento, no hay nacimiento humano que no sea sagrado; no hay ningún rostro de niño que no tenga impreso en sus ojos la Luz esplendorosa del Redentor. Esta cercanía hace aún más auténtica y eficaz mi presencia entre vosotros, real como en los tiempos del Oratorio de Valdocco en Turín. Con una mayor ventaja, la de poder hacerme presente en todas las presencias salesianas esparcidas en ciento treinta países del mundo.
Os hablo, pues, como entonces. Más con el cálido lenguaje del corazón que con abstractos argumentos lógicos; si bien reconozco lo importante que son, en la presente confusión y en la evanescencia del pensamiento actual, la claridad de las ideas y el fundamento de las convicciones. Los mensajes que recibís son muchos, pero yo desearía que pudierais reactivar los canales de una intensa comunicación conmigo, como la que se produce entre viejos amigos inseparables; una comunicación para compartir y dialogar.


Quisiera encontrar las palabras adecuadas para recorrer el sendero misterioso y complejo que llega hasta vuestro corazón, tantas veces herido por la indiferencia de los adultos o por el fracaso de amores traicionados. Mirando a los jóvenes de hoy en el colegio, alumnos a veces aburridos y desmotivados; o en las calles, como nómadas despreocupados sin ninguna meta, tengo la impresión de un malestar general, de un monotonía renqueante en la cotidianidad de sus vidas. Me viene a la mente, por analogía, el mismo paisaje che presencié en sueños cuando tenía nueve años: una gran multitud de jóvenes necesitados de ayuda, de comprensión, de oportunidades, de amor.
Fui escogido para vosotros, para todos los jóvenes. Fui enviado por el Señor a vosotros aunque no comprendí enseguida, en toda su importancia, la singularidad de aquella llamada. “He ahí tu campo, he ahí donde debes trabajar. Hazte humilde, fuerte y robusto: y lo que ves que sucede con estos animales, tu deberás hacerlo con mis hijos”.

Tengo la sensación, dentro de vuestra realidad moderna, que a menudo a los jóvenes les falta el aire para respirar. Creo que puedo decir que corren el riesgo de morir de asfixia espiritual. La difundida corrupción, el desinterés hacia vosotros, la precariedad del futuro que se hace cada vez más incierto por una economía enloquecida, una religión reducida a un frio esquema institucional y una consiguiente oración vacía de pasión y de entusiasmo, una sociedad en la que se viven relaciones frecuentemente asépticas y en la que intercambian palabras empobrecidas de sentido y de calor, apagan el impulso vital y secan cualquier manantial de buenos propósitos.
En este contexto marcado por la pobreza de valores y por una cultura de bajo perfil, os pido a vosotros – jóvenes - un salto de cualidad, una nueva energía, un gesto profético para anunciar a vuestros compañeros, a tantos amigos “silenciosos”, a vuestra familias a veces “apagadas” o en dificultad, un proyecto de vida valiente, generado desde convicciones humanas y religiosas profundas.
No podéis salir del pantano en el que estáis bloqueados, no podéis gustar el aire de libertad fuera de las prisiones de esta historia gris, si no se os devuelven el tiempo y la fuerza para soñar. La capacidad de ver más allá hizo de nuestros padres profetas capaces de incidir en la vida de sus contemporáneos.
“Mi sueño… vuestro sueño… el sueño de Dios”


Aquel sueño de los nueve años fue el acontecimiento que marcó mi vida y que con el paso del tiempo me dio la inspiración para orientarme en la elección del campo en el que trabajar, la capacidad de inventar un creativo sistema pedagógico para conquistar vuestro corazón, la temeraria paciencia de batirme para cambiar el mundo, vuestro mundo.
Con la ayuda del Señor os invito también a vosotros, que sois la “esperanza hecha carne”, a encontrar – entre tantas sugerencias ilusorias como recibís – el sueño que os haga personas creativas; el sueño que despierte la voluntad adormecida, que mueva las energías secretas, que os dé la fuerza para afrontar y superar las inevitables dificultades del crecimiento, que os dé la indómita firmeza para sostener la espera del cumplimiento sin pretender enseguida lo que se sueña.

Soñar con el corazón vuelto a Dios y con los pies en la tierra no es evasión. Significa más bien abrir la propia vida a algo nuevo, que todavía no se conoce del todo, pero que se experimenta ya como significativo. Quiere decir proyectarse hacia algo que todavía no se posee, pero en lo que uno puede reconocerse; quiere decir descubrir con inteligencia la presencia de “un Dios que nos acompaña” en el fluir de los días. Ningún proyecto que llene la existencia de sentido, del más modesto al más prestigioso, puede hacerse realidad sin ser antes alimentado por un sueño. Para hacer opciones valientes en una sociedad líquida, sin alma y pobre de valores, es indispensable encontrar la fuerza que nos permita mirar más allá para desenraizar al hombre de su mediocridad y hacerlo caminar hacia los cielos nuevos y la tierra nueva. 

Cuando cumplí 58 años escribí, por mandato del Papa Pio IX, la historia de los primeros cuarenta años de mi vida y le di el título de “Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales”. No lo hice, ciertamente, por deseo de inmortalidad o por anhelo de grandeza. Somos eternos porque estamos en el corazón de Dios, amados y salvados por su Hijo Jesús. Es un gesto que cumplí por amor, un testamento espiritual para que os sea de ayuda en el presente y en el futuro. Os invito a leer estas “vivencias”, no tanto por curiosidad histórica sobre mi pasado, sino porque entre las líneas firmadas con sangre y sudor descubriréis que el fin de todo es realizar plenamente la vida. Comprenderéis que los que tienen responsabilidades educativas deben entender necesariamente la propia vida como un servicio de amor; deben leer su tiempo como una oportunidad de acogida; deben adquirir el saber no para humillar o manipular, sino para “plasmar” el corazón, para orientarlo a Cristo. Educar nos revela como enamorados de Dios y del hombre porque es un ejercicio práctico de caridad. 

Como salesianos, educamos con un magisterio de escucha y de respeto más que con la disciplina o el sermón; con un sufrido silencio que revela amor y espera más que con la dura regañina; con la autoridad que brota de nuestra vida coherente e irreprensible, más que con el poder que deriva de un rol o de la ley. Educamos, sobre todo, con el amor. Si nuestro amor gratuito - reflejo de la misericordia de Jesús - se eclipsa, los jóvenes se mueren de frio porque soportan mejor la noche de los afectos que la sombra de la razón.  

Quisiera, mientras os abrazo a todos con afecto, revelaros el secreto más grande de mi corazón. Siempre he creído que mi misión debía tener una particularidad: salvar a los jóvenes a través de los jóvenes. Siempre he querido que mi amor por vosotros fuese una misión compartida y que vosotros mismos llegarais a ser apóstoles de los jóvenes. Uno puede querer forzosamente una cosa o un ideal, pero si no encuentra la modalidad justa, vacila en su capacidad de perseverar porque lo que no convence no puede llegar a ser la meta estable de una vida. Como en los tiempos de Isaac, hemos de excavar nuevos pozos, dar vida a una nueva cultura, a nuevos modos de vivir juntos. Cuento con vosotros, apuesto mi vida una vez más sobre vuestra capacidad de levantaros, de encontrar confianza en la vida, intuiciones para programar un futuro de solidaridad y de paz.
Al formar mi grupo de salesianos confié todo a los jóvenes y fue una estrategia vencedora. Solo vosotros tenéis la potencialidad para transformar vuestros conocimientos en sabiduría y de introducir esta sabiduría en la vida. No os repleguéis sobre vosotros mismos, caminantes cansados y resignados, sino más bien interpretad vuestra condición humana como una “aventura divina” comprometiéndoos e integrándoos con todos los hijos de Dios esparcidos en el mundo en esta espléndida historia de salvación. 

Sed profetas nuevos, hombres capaces de indicar el camino a recorrer en medio de la desorientación de tantos; lo nuevo que Dios hace germinar en el corazón y en la historia en medio de lo incierto y lo variable. El sentido de la vida, como profecía y como misión, se convierte en un tesoro inmenso para la sociedad. 
Ya no hay espacio para la mediocridad porque la tibieza y una espiritualidad gris nos están forzando a alimentarnos de los descartes culturales de nuestro tiempo. ¡No gastéis vuestra juventud, queridos jóvenes, viviéndola superficialmente sin brújula y sin energía! ¡Soñad a lo grande!  ¡Haced cosas grandes en vuestra vida!

La vida es testimonio en la medida en que se hace visible la grandeza de la que está constituida, en la medida en la que vence los miedos que la intimidan, en la medida en que hace resonar con fuerza palabras veraces y sensatas. Sed testigos dispuestos a arriesgar, no porque os fiáis de vuestras fuerzas, sino porque sabéis hacer de la debilidad el instrumento para que aparezca el actuar eficaz de Dios. Bajad a la acera de lo cotidiano y recorred las calles de la vida diaria en las que tantos de vuestros amigos gastan la propia existencia en la búsqueda, a veces vana, de la felicidad. Gritadles vuestras ganas de cambio. 
Sed centinelas, dispuestos a lanzar signos de amor que susciten esperanza y audacia para vivir; sed libres y lúcidos intérpretes de las exigencias del Evangelio; sed ciudadanos que gastan un poco de su vida por el bien común con espíritu solidario y atento a las realidades territoriales.

El abandono de las instituciones puede generar escepticismo; la falta de “padres” que iluminen como faros en la noche tempestuosa puede dejaros sin estrella polar que indique la ruta, a la deriva tras el naufragio dramático de los más puros sentimientos sofocados por la carrera del éxito, por la búsqueda de uno mismo, por el placer superficial. Todos estos desafíos ponen en juego, continuamente, el sentido de la vida. Se trata de encontrar el sueño que os restituya los valores que ayudan a seguir adelante y dan la fuerza para superar la dificultad. No queráis caminar solos; hacedlo más bien estando “juntos”, reforzando el sentimiento de responsabilidad hacia vosotros mismos y hacia los demás, desarrollando la actitud de la solidaridad que rompa el aislamiento y os fortalezca en la búsqueda del sentido de la vida más que del éxito.

Promoved una cultura de la solidaridad, cultivad actitudes de servicio desinteresado, haced crecer en el corazón la conciencia de lo necesario que es contraponerse a las miles de formas de persistente egoísmo de las que la sociedad está contagiada. El voluntariado es “una escuela de vida, un factor peculiar de humanización”, de apertura a los valores.
Queridos jóvenes, sabed que os llevo en el corazón. Os pienso siempre en el Señor y en la gran familia que es la Iglesia. Por eso quiero cerrar mi mensaje con algunos pensamientos que el Papa Benedicto XVI ha expresado en su mensaje navideño. Me parece que sus palabras trazan una ruta para todos nosotros, un itinerario, un proyecto de vida.

Hablando a la curia vaticana, el Santo Padre se ha referido a la Jornada Mundial de la Juventud 2011 de Madrid como “una nueva forma, rejuvenecida, de ser cristianos”. Y precisamente de la JMJ ha querido subrayar cinco aspectos principales que caracterizaron el inolvidable acontecimiento. Pueden ser cinco caminos para anunciar y testimoniar a Cristo hoy en un mundo que parece cansado y aburrido de la propuesta cristiana.
El primer aspecto: La participación de jóvenes procedentes de todas las partes del mundo, con diversidad de razas, pueblos, lenguas y culturas evidenció “una nueva experiencia de catolicidad, de la universalidad de la Iglesia” que nos hace descubrir que todos somos hermanos y hermanas unidos en una sola familia, tocados por el mismo Señor Jesús y compartiendo una liturgia común. Esto no es una idea sino una experiencia real.

Segundo: el compromiso generoso y alegre de miles de voluntarios ha puesto de relieve este nuevo modo de ser hombres, de ser cristianos. “Ser para los demás es algo hermoso”. La vida y el tiempo encuentran su significado pleno cuando son donados libremente, cuando no se conservan para sí.
Tercero: el intenso silencio ante la presencia del Santísimo Sacramento, en actitud de adoración, es expresión de la fe en esta fuente de espiritualidad que da la energía para la entrega de la propia vida. El Señor Resucitado está presente en todas partes, pero de modo especial en la Eucaristía.
Cuarto: el acercarse al Sacramento de la Penitencia mostró que, aún habiendo sido creados por Dios y por tanto destinados a alcanzar la plenitud de vida que viene del Amor, experimentamos en nosotros la fuerza del mal que nos lleva al egoísmo en las más variadas formas. Esta condición nos hace conscientes de que estamos necesitados del perdón; perdón que es también signo de responsabilidad.

Finalmente: la alegría que proviene de la fe, de la certeza de ser queridos, acogidos, amados por Dios, por Alguien que nos dice “es bueno que tu existas”, por Alguien que nos ha pensado y tiene un proyecto para nosotros.
En síntesis, la  “nueva evangelización” es una llamada a “ser” juntos, a ser para los demás, a adorar a Dios, a obtener su perdón, a confiarnos a su amor. He aquí el camino que conduce a la alegría.
¡Un saludo lleno de afecto, mis queridos amigos! Mientras pensáis en Mi, sabed que también yo pienso en vosotros. Os llevo en el corazón, el lugar en el que habitan las personas más queridas. Me acuerdo de vosotros y os sostengo con mi oración junto a Jesús, para que seáis imagen suya haciendo de vuestra vida un don. Solo así encontraréis la felicidad, la alegría de un sueño que, abriéndoos las puertas al Misterio de Dios, os permita navegar hacia las aguas limpias y profundas, hacia la potencialidad que El ha sembrado, desde siempre, en nuestros corazones.
Con el amor de un padre.
Roma, 31 de enero de 2012